Ambiciones de un padre

Esta es la entrada de mi antiguo blog que escribí el día 5 de diciembre de 2009 unos días después de que haya nacido mi hija.

Ella es Isabela, mi hija. Nació hace poco, pero recién ayer se le cayó su ombliguito, lo cual para mí es algo más que un hecho físico, porque simboliza que ya no está tan ligada, sino que emprendió ahora su camino, lento pero seguro, hacia su independencia y autonomía. En este contexto, me puse a reflexionar esta mañana en mi jardín sobre qué tipo de padre quisiera ser para ella. De plano agradecí y rechacé todos esos libros que los buenos amigos me sugerían y que trataban de temas como “Aprender a ser papá”, “Cómo ser un padre exitoso” y otros títulos que a mi entender solamente indican grandes sandeces de contenido. Se me hace que todos estos libros inducen a uno a aprender a ser papá de acuerdo con los códigos mundanos, o sea, a ser padre “exitoso” para tener una hija “exitosa”, según los criterios de la sociedad, tratando de hacerle creer a uno que la felicidad podría consistir en alcanzar ciertos logros comúnmente apreciados por la sociedad. Pero si algo aprendí a esta altura de la vida es que nada de eso le hace feliz a uno, sino que más bien, ilusiona falsamente y frustra, y al final tan solo aumenta los niveles de insatisfacción y sufrimiento. Prefiero entonces confiar en mi propia intuición y el aprendizaje de la vida, en esta empresa de ser, en lo posible, el mejor padre.

De modo que, esta mañana, me pregunté: “OK, hombre; ahora bien ¿qué es lo que te dice tu intuición al respecto? ¿qué ambicionas como padre?» Y luego de una breve reflexión, se me hizo claro que, por el momento al menos, solo tengo estas dos ambiciones paternales: (1) qué exista algo entre nosotros que siempre sea igual y (2) que no haya llanto en una situación particular extrema. Me explico.

Ambición primera: “Siempre igual”

En mi vida he conocido casos de personas, tanto en mi entorno inmediato como historias de algunas personas más alejadas que me confiaron sus experiencias, y que ilustran lo espantosa que puede resultar la ambición paternal mundana mal enfocada. Hay un patrón en especial que se repite y que he escuchado realmente en numerosas ocasiones, el cual se expresa más o menos en esto: “Toda mi la escuela/colegio/universidad me pasé estudiando para satisfacer a mis padres y traerles siempre las máximas calificaciones. Los días más negros fueron aquellos, en los cuales me tocó traerles un cuatro en vez de cinco o no cumplir con sus expectativas: no soportaba ver sus decepciones. Me duele tanto no poder satisfacerles en todo.”

Pues bien, esa experiencia negativa que con frecuencia escuché, se relaciona con mi primera ambición paterna: quiero que mi hija siempre se me acerque con la misma confianza. Cuando repruebe alguna asignatura o saque la nota que fuere, que venga con la misma confianza contándomelo, como cuando saque un 5. Que me cuente sus éxitos mundanos con la misma poca importancia que sus fracasos. Que la alegría de nuestros encuentros provenga sola, exclusiva e intrínsecamente de ellos.

Ambición segunda: “Sonrisa en vez de llanto”

Si bien esta primera ambición me parece realmente “ambiciosa”, pensándolo bien, la segunda creo que es aún más difícil. Ahí vamos. La ley de la vida hace suponer que, salvo raras excepciones, los hijos están destinados, tarde o temprano, a enterrar a sus padres. Ya veo que algunos dejarán de leer esto en este mismo instante, pues normalmente es incómodo hablar de la muerte, especialmente cuando ha aparecido una nueva vida. Sin embargo, yo opino que la táctica de avestruz respecto a este tema hace que estas separaciones definitivas, jamás inevitables, se convierten en años de angustia, amargura, nostalgia y dolor; se convierten, por causa de esta actitud esquiva, en situaciones insuperables que a veces persisten por el resto de la vida.

De aquí mi segunda ambición: quisiera que cuando eso ocurra, o sea, llamémoslo por su nombre: cuando yo muera, mi hija al acordarse de mi, en vez de romper en llanto, sonría ligeramente y piense algo así: “¡qué sabio era mi papá al enseñarme a no depender de nada y de nadie para poder ser apacible y feliz; ni siquiera de él 🙂 ”.

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